Despedidas (Departures): Una reflexión emocionada y profunda sobre la muerte

Mientas que en lo cotidiano se oculta la muerte y en los medios de comunicación se transforma tantas veces en espectáculo, por elipsis o evasión seguimos sin plantearnos una reflexión serena y recuperadora del sentido sobre ella. Esta película es una buena ocasión para correr el velo y colocarnos ante la propia muerte y las muertes que nos atañen. 

Daigo, un violonchelista en paro, descubre su vocación cuando abandona Tokio con Mika, su mujer, y acude a la ciudad y casa donde vivió su infancia. Un proceso lento y sorprendente le convertirá en un especialista en el nôkan, ritual mortuorio japonés que supone una rememoración del difunto desde el acto de embalsamamiento. En su aprendizaje se irán cruzando una serie de historias de reconciliación de los vivos con los muertos y irá, poco a poco, abriendo su propia historia a un camino de pacificación.

Yojiro Takita da un giro sorprendente en su filmografía con esta obra que permaneció 31 semanas en cartelera en su país y terminó accediendo al mercado internacional a través del Oscar 2009 a la mejor película de habla no inglesa. Tras sus inicios en el cine porno se especializó en el cine fantástico con películas como Secret (1999)Onmyoji 1 (2001) y 2 (2003), La espada del samurai (2003) y Askura(2005). Sin embargo, Okuribito, título original, es un salto temático y formal del director que reorienta su habilidad expresiva al servicio de una preocupación profunda que además se hace significativa para el gran público.

A mitad de camino entre la belleza del cine de Yasujiro Ozu y el melodrama convencional japonés acierta a encontrar una adecuada mezcla de lo contemplativo y lo sentimental, del reclamo a la interioridad y de la exposición de los afectos. Sin duda con la valiosa ayuda de una banda sonora emotiva y sentimental a cargo de Joe Hisaishin y una fotografía sobria y tenue de Takeshi Hamada.

"Despedidas", debería titularse traduciendo literalmente "los que se despiden", tiene como protagonista silenciosa la muerte y desde ella la vida. Los ritos funerarios son la mediación para un acercamiento directo pero pudoroso a la finitud. Junto a la pareja protagonista, interpretada por Masahiro Motoki y Ryoko Hirosue, la trama presenta una serie de personajes secundarios verdaderamente excepcionales como el jefe de Daigo, maestro en el arte de embalsamar, la viuda de la casa de baños con su fiel y silencioso cliente o la administrativa de la empresa en la que trabaja el protagonista. Este trato cotidiano con la muerte supondrá para todos ellos un desvelamiento progresivo de los nudos y las heridas de sus vidas.

Desde el punto de vista temático hay una escena central en el crematorio donde uno de estos geniales secundarios, auténtico guardián del umbral, nos hablará de la muerte como tránsito y como viaje. La despedida de "pronto nos veremos" es una certeza musitada como plegaria. Dar un paso a través de la puerta mortal supone atender a las melodías, que con el violonchelo como protagonista, nos permiten ir más allá. Como si sus notas, cercanas a la voz humana, nos mostrarán que aunque desaparezcan lo visible, en lo invisible queda un canto que nunca se podrá apagar.

Película netamente espiritual invita al reconocimiento del valor y la caducidad del cuerpo, a una mirada hacia la trascendencia en clave sintoísta explícitamente subrayada en el monte Fuji y con una invitación al cambio hacia la reconciliación y el amor. La secuencia del giro de dirección de Daigo -fascinante la posición de la cámara en los distintos cuadros- nos muestra plásticamente el proceso de conversión, que de una otra manera hacen todos los personajes ante el acontecimiento de la muerte. Y aquí las actuaciones cobran especial brillo y versatilidad al mostrar como cada uno de ellos realiza su propio y particular proceso interior.

Esta propuesta de Takita recupera también la fuerza expresiva de los símbolos que son mostrados con profusión: telas que actúan como umbral que vela y desvela, piedras que se comunican como las palabras, baños que limpian y convierten o vuelos de aves que elevan y levantan. Todo ello, como aclaran la voz en of en distintos ocasiones, al servicio de la búsqueda del ser humano y no tanto de sus aspiraciones de éxito o sus intereses sino de su más definitivo destino.

Entre las limitaciones desde el punto de vista formal el guión adolece de una desconfianza notable en el poder de las imágenes que necesitan ser remarcadas por una música a veces excesivamente manipuladora del sentimiento, o por una resolución del drama tan explícito que termina por agredir la intimidad del espectador que, perdiendo el encanto, ya no descubre libre sino obligado, cuando una voz en of le indica lo que ha de pensar y sentir. Esto es, probablemente, lo que hace que Takita no sea Ozu y que a pesar de rozar la maestría se haya, en ocasiones, esfumado el misterio por una evidencia demasiado explícita con aroma comercial.

En cuanto a la imprescindible reflexión teológica que la película suscita, cabe señalar como urgentes apuntes que en el acercamiento espiritual al tema de la muerte los personajes volviéndose hacia su propia interioridad buscan el sentido como misterio de infinitud pero no tanto como encuentro personal con el Dios que acompaña y ofrece plenitud. Los personajes habitados por la trascendencia espiritual cuentan más con su propio dinamismo que con un Dios que sale a su encuentro en la hora de la muerte. Hecho diferencial cristiano que para nada anula la elocuencia de estos seres humanos que llegando más allá de sí mismos sitúan sus vidas casi coram Deo.