La esperanza en tiempo de desolación: la caja de Pandora

La enfermedad de Alzheimer de la abuela abrirá la caja de Pandora de una familia que vive en la orilla de la infelicidad. Como si la maldición de los dioses cayera sobre ellos, cuando la anciana, genial una Tsilla Chelton de 89 años, desaparece de casa comienza una periplo hacia la verdad cuando han de acudir a una aldea de montaña en la costa del Mar Negro.

La emergencia de esta enfermedad ha supuesto una llamada al mundo cinematográfico que en El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2001) nos mostró la mirada latinoamericana, en Lejos de ella (Sara Polley, 2006) la propuesta norteamericana, en este caso canadiense, y La ventana de enfrente (Ferzan Ozpetek, 2003) la perspectiva europea. Sin embargo, la película turca es un interesante mestizaje del cine islámico y del cine europeo. La directora Yesim Ustaoglu estrena por primera vez entre nosotros avalada por la Concha de Oro a la Mejor película de la última edición del Festival de Cine de San Sebastián, después de tres largos que no han llegado a nuestras pantallas: The Trace(1994), Journey to the Sun (1999) que cuenta con varios premios y Waiting for the Clouds (2003).

Se trata de una película exigente con el espectador, que renunciando al afectismo sentimentalista, trata de plantear con austeridad pero bellamente el cuestionamiento que supone para los personajes enfrentarse a la verdad profunda de la vida y de la muerte. Las exigencias y los cambios en la organización de la vida motivados por la enfermedad, nos presenta la realidad de tres generaciones. La anciana Nusret, que en la oscuridad y el vacío, revisa su propia vida y se enfrenta la muerte. Los tres hijos: la posesiva Nesrim, destacable en algunas secuencias Derya Alabora, la dependiente Güzin (Övül Avkiran) y el fracasado Mehmet (Osman Sonant). Y por último su único nieto el también desorientado Murat (Onur Ünsal). La mirada de la directora será compasiva con la primera, desolada con los segundos y abierta con el tercero. No hay que olvidar que por la edad la cineasta y co-guionista se ubicaría en el segundo grupo. Con lo que estamos ante un ajuste descarnado y sincero que evalúa la entrada en la modernidad de las mujeres y los hombres turcos. En este faceta es cuando más europeo se nos muestra su película.

Lo cierto es que el Alzheimer como acontecimiento y prueba para el entorno, tiene un poder evocador de la verdad. Ante una situación de tensión se le descubre a cada personaje cuál es su camino y dónde están sus carencias. La imposibilidad de cargar con la madre muestra hasta qué punto cada uno de ellos está al borde de su propio abismo. A lo cual hemos de añadir la lucidez intermitente pero extraordinariamente clara y veraz de la propia madre enjuiciando y denunciando la situación de sus propios hijos. No es que no quieran cuidar de su madre es que su estado de fracaso les ha dejado sin fuerzas, en una desoladora debilidad.

El nieto, que es el más perdido e inútil de los tres va emergiendo progresivamente como el más capaz. Su búsqueda de la autonomía, de una madre que se apega y de un padre integrado, le ha convertido en un vagabundo. Sin embargo, los distintos descartes van dejando a la abuela ante él. Su alianza en la desorientación les reafirma y les encuentra. Sólo él comprende lo que realmente desea la anciana y para ello se esfuerza con una entrega y disponibilidad propia del que está encontrando sentido a su vida en la capacidad de cargar con el otro. Poco a poco va emergiendo la persona libre capaz de amar pero también de dejar marchar. Él es el primer vestigio de la esperanza.

La subida al monte es una vieja metáfora de los buscadores de Dios. Y aquí aparece la vertiente islámica de la película. La contemplación de una naturaleza hermosa pero retadora, oscura pero luminosa, nos muestra está sensación de mirar más allá. El final en ascenso con una casi infinita e inacabada panorámica en vertical llega a sobrecoger al espectador acostumbrado a la semiología de Dios y la eternidad. En ella se nos presenta el segundo y más definitivo rasgo de esperanza.

Si desde el punto de vista del metraje tuviéramos que contabilizar los tiempos de desolación nos quedaríamos marcados por la desesperanza, apenas aliviada por algunos toques de humor. Pero si buscáramos la cualidad de esos momentos veremos que las escenas finales suponen una clara afirmación de que en medio de los cenizas emerge la posibilidad de la esperanza.

Y este el importante servicio que nos prestan los festivales de cine, ya que probablemente sin ellos nos llegaríamos a perder lo mejor de lo que se estrena. En un panorama en el que las distribuidoras cada vez arriesgan menos, probablemente porque no pueden. Y en esto también tiene una responsabilidad, entre muchas, los propios espectadores que se dejan llevar más por los ángeles y los demonios, buscándolos probablemente donde no están.