El erizo. Morir amando

Esta parábola de iniciación sobre el sentido de la vida resulta sugerente, emotiva y profunda a pesar de alguna limitación formal. El importante éxito editorial de La elegancia del erizo de la profesora de filosofía Muriel Barbery ha supuesto que la directora novel Mona Achache emprenda esta adaptación creativa de la obra de referencia. En la estela del reciente cine humanista francés, que nos ha dado películas de notable interés y de destacable éxito comercial como Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004) o La escafandra y la mariposa (Julian Schnabel, 2007), se nos presenta El erizo como una propuesta fiel al espíritu de la obra original.

En el número 7 de la calle Grenelle, un lujoso inmueble de estilo Art-Nouveau, hay que mirar más allá de las apariencias, porque en él dos de sus habitantes esconden un secreto. Se trata de Renée, la portera, interpretada con versatilidad, contención y empatía comunicativa por Josiane Balasko – la recordamos como actriz en Un crimen en el paraíso (Jean Becker, 2000), Cette femme-là (Guillaume Nicloux, 2003) y también como directora en La clienta (Josiane Balasko, 2008)- y la pequeña Paloma de 11 años interpretada por una convincente Garance Le Guillermic. Ambas ocultan su verdadera personalidad, la primera tras la puerta de un carácter huraño, la apariencia descuidada y la convencional portería esconde una personalidad sensible a la belleza, escucha a Mozart y Eminem, lee incansablemente desde León Tolstói al Elogio de la sombra de Junichiro Tanizaki y, sobre todo, admira a Yasujiro Ozu y se emociona contemplando Las hermanas Munekata (1950). La más joven nos sirve de guía, se trata de una niña de que posee una inteligencia excepcional y una lucidez irónica que supera con mucho su edad, además ha tomado una decisión: se suicidará al cumplir los 12 años. A través de su vieja cámara de video iremos conociendo su mirada de adolescente anticipada, que no acepta formar parte de un mundo que funciona y atrapa como en una pecera. Sobre sus historias superpuestas aparecerá un personaje misterioso, casi un ángel, que sobrevolará sus vidas. Se trata de un elegante anciano, un viudo japonés, que comparte apellido con el famoso cineasta, se trata de Kakuro Ozu. Su visita desencadenará una serie de cambios que permitirán que afloren las realidades escondidas; en definitiva, lo mejor da cada una.

La película transmite bien la fuerza simbólica de la novela, así como las claves filosóficas que la sustentan. La vida oculta de Renée servirá a la pequeña Paloma para encontrar la vida adulta que está naciendo dentro de ella. Se presenta como una crítica a la sociedad que vive de apariencias y ambiciones, representada en la familia de Paloma y en vecindario del portal, y que no logra profundizar ni con el psicoanálisis ni con una religión superficial, a la que se alude. Como si fuera necesaria una visita de Oriente para cambiar de perspectiva, aquí el personaje de Ozu y la cultura japonesa realizarán el contraste. Este antagonismo se ejemplifica en dos juegos: el ajedrez donde hay que matar para vivir y el Go, juego de estrategia japonés, donde hay que aprender a crecer conservando la vida.

El atractivo de la película se basa en su carácter casi onírico que funciona como un cuento de hadas donde son posibles los encuentros improbables, donde el patito feo termina mostrando su verdadera belleza y donde caben recursos como la animación de dibujos o una banda sonora elocuente. Es este caso ofrecida por el reconocido Gabriel Yared, que ya nos había asombrado con las partituras de El paciente inglés (Anthony Minghella,1996) Cold Mountain (Anthony Minghella, 2003) o City of Angels (Brad Silberling, 1998).

A pesar de una cierta simplificación del perfil de los personajes, tanto de Paloma y Ozu como de los secundarios, y reconociendo una cierta tendencia efectista a abusar de lo melodramático; sin embargo, la película funciona llegando a todos los públicos y especialmente a los jóvenes, sobre todo a los que estén dispuestos a mirar hacia dentro. La presencia de símbolos como el pez rojo, el calendario o el erizo que da nombre a la obra ayudan a penetrar en un clima de profundidad. La perspectiva un tanto intemporal de la historia invita a entrar en una dinámica contemplativa del otro, haciendo un acto de reconocimiento de la bondad oculta en los pliegues del alma. Desde el punto espiritual hemos de señalar que no se queda únicamente en la apuesta contemplativa, sino que también sugiere cuestiones como la resurrección y la disponibilidad al amor como sentido y densidad de la vida. Todo lo cual le da un valor especial desde el punto de vista educativo y pastoral.