Katyn, el ejercicio de la memoria como reconciliación

El cine como narración audiovisual posee un elocuente poder de memorial. En ocasiones sus imágenes rompen el silencio y la mentira que se han edificado desde un sistema de ocultamiento que implica a víctimas y verdugos, supervivientes y colaboradores.

El maestro polaco Andrezej Wajda ha querido sellar su amplia y significativa filmografía, recordemos títulos como Kanal (1956), Cenizas y diamantes (1958), El hombre de mármol (1977) o Pan Tadeusz (1998) con este testamento personal y nacional a la par que universal realizado a los 81 años. Personal porque el genocidio de Katyn perpetrado por el comunismo soviético en 1940 le afectó directamente en el asesinato de su padre y en el dolor de su madre. Nacional porque representa un hecho esencial para comprender la Polonia actual, que sobrevivió tras más cuarenta años de ocultamiento, y que aún hoy padece esta identidad sufriente que en momentos inesperados aflora sorpresiva y emocionalmente. Y, en definitiva, universal no sólo porque los aliados se convirtieron en cómplices silentes en los juicios de Núremberg; sino porque, y esto es lo crucial, todos podemos ser víctimas y verdugos, silenciados y ocultadores.

La narración asume el punto de vista de las mujeres, especialmente inspirada Maja Ostaszewska, que esperan inútilmente a las víctimas, los más de 20.000 oficiales y otros ciudadanos asesinados. El montaje cortante nos desplaza desde el tiempo de la desolación al momento donde se fragua la matanza. El diario de uno de los oficiales nos sirve de acta detallada de aquellos últimos días. Los abundantes primeros planos nos adentran en la ingenuidad y el valor, en la complicidad y el miedo, en la tristeza y el desamparo. La opacidad de los colores y la contención de la luz marcan una atmósfera de recuerdo a la ver que de revelación. La elipsis de los verdugos frecuentemente mostrados de espaldas, apenas perfilados psicológicamente nos indica visualmente el poder de un sistema.

Este tratamiento formal muestra una voluntad expresiva de la verdad que se consuma en los diez minutos finales donde los hechos de presentan de una forma seca y repetitiva, con una brutalidad natural y mecánica en la que los verdugos actúan como engranajes de una máquina de muerte donde únicamente la víctimas conservan carácter personal.

En ellas la fe brotará como oración y fuerza de convicción en medio de la desolación. Tanto las víctimas como los que les añoran verán en experiencia creyente una fuente de resistencia. El plano del crucifijo enterrado se convierte en un icono de la memoria. Por una parte identifica a los asesinados con el Crucificado y por otra previne al espectador ante olvido que oculta la verdad y ante la venganza que destruye el futuro.

Lo cierto es que este tipo de ejercicio de la memoria resulta duro además de que algunos lo siguen considerando molesto; una señal es su retardado estreno entre nosotros. Pero, sin embargo, era imprescindible hacer esta película y necesario contemplarla, dolorosa pero lúcidamente.