El milagro de Henry Poole : Dios sale al encuentro ¿en lo ordinario o en la extraordinario?

Nos encontramos ante una propuesta interesante y significativa que puede plantear importantes interrogantes, aunque está más orientada al público norteamericano que al contexto más secularizado de Europa, donde la fe debe dialogar seriamente con la razón.

Mark Pellington (1962) es un destacado director de videoclips musicales, entre ellos un premiado documental sobre U2, así como distintas series para la televisión como "Buzz" o algunos episodios de "Caso abierto" donde también ha colaborado como productor. Entre los largometrajes podemos señalar Going all the way (1997), la notable Arlington Road (Temerás a tu vecino, 1998), y la fallida Mothman, la última profecía (2002). Marcado por el fallecimiento inesperado de su esposa la película se convierte en una experiencia similar a lo que C.S. Lewis escribió en "Una pena en observación", como lo señala el propio director "Un trauma de este tipo te cambia para siempre. Pero debes ir hacia lo más oscuro para poder salir. Cuando te toca tan de cerca una muerte repentina lo empiezas a cuestionar todo. Y cuando me puse a reexaminar el material que estaba desarrollando y me planteé qué tipo de artista quería ser, tuve una actitud totalmente distinta al respecto, porque estaba saliendo de un lugar en el que deseaba la esperanza, buscaba la curación". 

La historia de Henry Poole presenta el recorrido vital de un hombre triste y desesperado, brillantemente interpretado por Luke Wilson, que afronta una grave enfermedad acudiendo al barrio donde nació para allí pasar sus últimos días. Tras una reparación, en la pared de su casa recién comprada, aparece una mancha en la que su piadosa vecina Esperanza, una latina interpretada por Adriana Barraza, cree ver el rostro de Cristo dibujado milagrosamente. Con este desencadenante la narración avanza en torno a la controversia entre fe e incredulidad donde terciará una joven madre soltera, interpretada con solvencia por Radha Mitchell, y su hija pequeña enferma de una especie de autismo tras el trauma de la marcha de su padre.

La realización, a pesar de su discreto presupuesto propio de la industria "indie", se desenvuelve con dignidad y con algunos elementos que denotan el estilo propio del director: la insistencia en los primeros planos, la introducción de canciones en off para adentrarse en el proceso interior de los personajes, la segmentación marcadamente televisiva y algunas particularidades como la filmación desde el muro a lo "camera café" o el empleo discreto de los efectos especiales a lo ahora de mostrar y ocultar el rostro misterioso. Pero también el guión del novel Albert Torres arrastra a la película a serias limitaciones. La principal que es la intención apologética en torno a los milagros priva al relato de contenido dramático haciéndolo demasiado previsible y simplista donde la peripecia psicológica y espiritual se mueve en unas coordenadas un tanto infantiles.

El carácter explícito de la fe cristina inspira la película y plantea directamente cuestiones como la mirada creyente, la presencia de lo sobrenatural y milagroso así como la búsqueda de motivos para la esperanza.

A lo largo de su historia, el cine se ha ocupado frecuentemente de los milagros. Ya el mismo Georges Méliès veía en el juego de las luces y las sombras en la pantalla y en la manipulación del tiempo una posibilidad para presentar lo milagroso como espectáculo. Dreyer con la resurrección de Ingrid en Ordet (1955) se convirtió en el modelo del milagro cinematográfico. Y muchos cineastas actuales preocupados por la cuestión religiosa como von Trier (Rompiendo las olas, 1996), Agnieszka Holland (El tercer milagro, 1999), Jim Sheridan (En América, 2002) o Abel Ferrara (Mary, 2006) han planteado la cuestión sobre la posibilidad y el sentido de los milagros.

Ciertamente que El milagro de Henry Poole no aporta muchas cosas formalmente y además temáticamente tiende a resolver de forma precipitada la complejidad de algunas cuestiones. Como en qué medida la existencia de milagros al insistir en la manifestación divina en lo extraordinario colocan en segundo plano el milagro ordinario de la presencia de Dios en el corazón de las personas. O también si se puede mostrar la existencia de Dios a través de los milagros cuando el Dios creador parece garantizar la autonomía de las causas mundanas. Por otra parte, cuando todos los personajes enfermos terminan por curarse hay un punto en que la película no parece tomarse demasiado el serio el sufrimiento cuando la única salida que plantea es curación extraordinaria. Lo que además aparece como un argumento tramposo para la conversión del no creyente.

Definitivamente, lo más interesante de la película es la simplicidad y la inmediatez con la que se plantean las preguntas: ¿cabe lo extraordinario como sobrenatural? ¿hay un cuidado providente de los seres humanos? ¿no es la fe una mirada profunda con poder de sentido y de curación? Aunque como hemos argumentado no deja de ser demasiado simplista en la apología. Lo que nos recuerda que para hacer cine, contar historias o desplegar la creación no bastan las buenas intenciones.