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Una lectura islámica de la bienaventuranza de los pobres: El capitán Abu Raed
Nuevamente del mundo islámico nos viene buen cine espiritual. En este caso se trata de la primera película jordana de distribución internacional. Bajo sombra del productor David Pritchard, especialista en productos televisivos de éxito como Los Simpson o Padre de familia, se nos ofrece esta fábula sobre la bondad de los sencillos del director novel Amin Matalqa.
Amin Matalqa se sitúa en la clave didáctica del cine de directores como Jafar Panahi o Mijid Majidi. Este tipo de filmografía recoge en los niños un cierto arquetipo de la bondad indefensa como pudimos ver en El globo blanco (1995) o Los niños del paraíso (1997). Esta opción se entronca también en la tradición oral de los cuentos populares islámicos de los que Las mil y una noches actúa como fuente de un inmenso tejido que se sigue prolongando en el cine.
El capitán Abu Raed recibió el Premio del Público a la mejor película extranjera en el Festival de Sundance 2008 y abrió la última edición de la SEMINCI de Valladolid. Este cuento oriental se nos presenta bajo un formato da bajo presupuesto, que desde una narración cargada de ingenuidad presenta también una intencionada y coherente simplicidad cinematográfica que se manifiesta en una dirección de actores bastante elemental y un montaje un tanto candoroso, en cuanto que disimula poco el artificio. Lo que parece una deficiencia fílmica termina siendo una cualidad de autenticidad, ya que los pequeños "cuentos" del capitán son presentadas con una ficción que no se reviste de artificios engañosos.
El bueno de Abu Raed, que nos recuerda un poco a Gupta, el limpiador indio de La Terminal(2004) de Steven Spielberg , es empleado de la limpieza del aeropuerto internacional de Amán. Pero cuando vuelve a su barrio en los márgenes de la capital, se convierte en un piloto que cuenta sus viajes a los niños, narraciones llenas de aventuras e imaginaciones. Esta relación le convertirá en un referente para los pequeños, demasiado abandonados por unas familias marcadas por la pobreza. Poco a poco iremos conociendo los secretos de capitán que nos irá sorprendiendo con su bondad a prueba de toda iniquidad.
La historia nos coloca ante temas profundamente humanos como las exigencias de la paternidad o los caminos de la amistad, pero también ante temas sociales como el maltrato o el trabajo infantil. Sin embargo, la intención más profunda de la fábula nos habla sobre el compromiso con los débiles, la capacidad de sacrificio y la superación de las heridas.
Además, la mirada espiritual está definida por la opción de simplicidad desde la que se contempla todo el relato. Así funcionan ampliamente la dimensión simbólica como los momentos en que el protagonista sube las escaleras remontando desde la humildad de su condición a un altura moral que le sitúa en clave trascendente. O la metáfora del vuelo que acompaña todo el itinerario y que no es únicamente evasión de la realidad sino búsqueda de lo que está más allá. El estilo parabólico nos permite enfrentarnos a la decisión entre la bondad o el odio, entre la silla y el té que hace posible el encuentro o los instrumentos del mal y la destrucción.
Es frecuente que en el cine de inspiración islámica se nos presente estos arquetipos de la bondad que se convierten en ángeles mensajeros que ayudan a los seres humanos, y en este caso de una forma especial a los niños. Podemos recordar al taxidermista de El sabor de las cerezas (1997) de Abbas Kiarostami que se presenta misteriosamente a suicida para animarle a seguir viviendo.
Sin duda este cine merece ser profundizado por su aportación teológica, como ya exploraba Ignasi Salvat en su comunicación en el Congreso sobre Teología y Cine. En su simplicidad y marcado por una honda visión antropológica recoge una perspectiva del mundo y del ser humano como creación divina. Sin ocultar el sufrimiento que resaltan películas como las realizadas por las hermanas Makhmalbaf en Las cinco de la tarde (2003) de Samira o la más reciente Buda explotó por vengüenza(2007) de Hana. También muestra una bondad insobornable y maciza como en la iraquí Zamán, el hombre de los juncos (2003) de Amer Alwan y que en última instancia depende de Dios como nos muestra el final de El color del paraíso (1999) de Majid Majidi.
Desde aquí pensamos que este cine se convierte en una excelente oportunidad para explorar el camino del diálogo interreligioso, así como una magnífico instrumento en manos de educadores y animadores sociales. Se trata de una filmografía que es necesario divulgar y aprender a interpretar. Probablemente este cine de las parábolas es una excelente ocasión para sentarnos juntos en torno a un poco de té, como hacia el bueno del capitán Abu Raed.
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