Anticristo o un paso más en la deriva de Lars Von Trier

Observando la obra de Lars von Trier desde el punto de vista teológico reconozco tres momentos significativos: la búsqueda del Misterio entre el bien y el mal que significan sus primeras obras especialmente la serie de televisión The Kingdom (1994) , la fascinación cristológica en clave redentora expresada en Rompiendo las olas (1996) y Bailar en la oscuridad (2000) y que coincide con su acercamiento al catolicismo y la deriva ante el mal y el dolor que aunque siempre ha estado presente se cristaliza en Dogville(20003).

Anticristoes una película de una búsqueda a la deriva donde ya solo queda abandonarse al sin sentido. No es una casualidad que "Lascia ch'io pianga" del Rinaldo de Händel sea la música que acompaña el estremecedor prólogo y el enigmático epílogo. "Deja que llore mi suerte cruel y que ansíe la libertad": Como en Bergman, cuya sombra en el cine nórdico es alargada, tenemos una investigación sobre la relación de pareja entre un psicólogo autodidacta y una investigadora sobre el feminismo que trabajaba en una tesis sobre el genocidio de las mujeres. Ambos se enfrentan al dolor por la muerte de un hijo que cae de una ventana cuando ellos aparentemente distraídos tienen un encuentro sexual. 

Lo que comienza siendo un camino terapéutico donde él desea acompañar el duelo de ella intentando adentrarse en los orígenes del dolor, de la tristeza y del miedo evoluciona hacia el enfrentamiento destructor. Todo ello realizado con imágenes casi oníricas donde los primeros planos y los de detalle son realizados por una cámara nerviosa y angustiada que va acompañando el movimiento o la palabra de los dos protagonistas (Charlotte Gainsbourg y Willem Dafoe) que sobre fondos oscuros, contornos desdibujados por lentes, casi con ausencia de música reducida a algunos acordes inquietantes presenta una fotografía marcada por la deformación subjetivista.

La película ha causado escándalo por lo explícito y desgarrado de la presentación de la sexualidad pero también por lo brutal de la violencia que se presenta. Pero lo que hace menos recomendable esta película va más allá de las formas.

Lars von Trier, que dice que ha usado esta película como terapia para salir de una depresión, nos deja con la impresión que todavía está amenazado por las sombras. La descripción de los caminos del duelo por las sendas de la tristeza y la angustia recala en una antropología reduccionista que coloca al ser humano ante una psicología basada en la ambigüedad de unos sentimientos que se quedan sin aire ni horizonte para respirar. El bosque y la casa son lugares clausurados donde no se puede mirar más allá como si el cielo y la luz no existieran. Lo que comienza siendo un acto de compasión hacia el otro sufriente no deja de ser en el fondo la presentación de dos sí mismos enfrentados e irreconciliables. Aunque haya abrazos el encuentro es imposible porque solamente uno puede sobrevivir. Solamente queda el sí mismo enfrentado a una permanente amenaza. El otro en el fondo es imposible. Y este es uno de los síntomas de la deriva.

El otro síntoma, consecuencia del primero, es metafísico. Y es el que hace completamente falsa su dedicatoria a Tarkovski. Cuando a Lars von Trier le pregunta por su fe católica contesta "No puedo contestarte porque soy un pésimo católico. No soy nada religioso. Cada día soy más ateo" ( entrevista a Knud Romer en mayo 2009). El problema no es la adscripción a una iglesia sino una mirada que ya no cuenta con el don de Dios. Algo quedó bastante claro en el diálogo en el automóvil entre padre e hija en Dogville. Según su perspectiva es que el don de Dios es un don destructivo.

La supresión de la metafísica implica que la realidad no se traspasa desde fuera sino desde dentro. Lo que es una cámara que sale y se trasciende en Tarkovski es aquí una cámara que trata de entrar desde el rostro hacia la sombra. El origen del mal está en la propia naturaleza. Dicho técnicamente el mal es ontológico. La mujer dirá: "La naturaleza es la iglesia de Satanás". En el origen no está la bondad de Dios sino el mal total y original al que la mujer sirve en este Edén psicologista de Lars von Trier. Y aquí es donde es sincero el director cuando dice que cada vez es más ateo. La campaña que suena en unos cielos abiertos aquí ya ha perdido la música y la luz. La mujer se convierte más que en lugar de vida en lugar de destrucción y su amenaza se multiplica subiendo por la ladera de un hombre que inocentemente se cree victorioso y libre. El encuentro con el otro y el diferente es el origen del mal. Nuevamente, cuando se quita al otro se quita a Dios o mejor dicho cuando se quita a Dios se quita al otro.

No es que Lars von Trier sea transgresor sino que levanta acta de las antropologías que volviéndose sobre sí mismas ya no saben como abordar el mal que de hecho existe. Y es que el ser humano solamente puede mirar al mal desde la Bondad, que gracias a Dios, llevamos en nuestras entrañas dibujadas.