Ángeles y demonios o ¿por qué se ven las malas películas?

El próximo éxito prefabricado por la publicidad se trata de un thriller previsible con una realización efectista más que inteligente y con unas interpretaciones malas en el caso de Ewan McGregor (el repeinado Camarlengo) y discretas en el caso de un Tom Hanks estático (el famoso Robert Langdon) y una Ayelet Zurer relegada (como presencia femenina para este caso). Como adaptación literaria arrastra los límites de su origen, a los que añade el deseo de suavizar las aristas lo que termina por aguar el dramatismo. Como reflexión sobre la relación entre religión y ciencia es primitiva y simplista propia de un público infantil o más bien preescolar. Entre sus valores puede ser sugerente como guía turística para visitar Roma o como propaganda de la productora que nos va colocando sus productos electrónicos hasta en los momentos culminantes.

Dan Brown escribió Ángeles y demonios antes de su bestseller El código Da Vinci así la secuencia original en la transcripción cinematográfica se invierte en la dirección del éxito comercial. En este tipo de literatura tendríamos que situar obras recientes comoEl último merovingio de Jim Hougan, El apóstol 13 de Michel Benoit, Los caballeros de la Vera Cruz de David Camus y entre nosotros La Biblia de barro de Julia Navarro o El último Catón de Matilde Asensi. En estos textos, y desde la referencia de la novela histórica, se dan cita como ingredientes la simbología religiosa y bíblica, el sentido de algunos aspectos de la fe cristiana, las luchas de poder en las instituciones eclesiales y la trama de una intriga de manuscritos, hallazgos arqueológicos y asesinatos. En general, el nivel literario es mediocre, salvo excepciones, y la voluntad de escándalo suele ocultar la paradoja inteligente y el rigor histórico o exegético. Algo que sin embargo enseñó con maestría Umberto Eco enEl nombre de la rosa.

Sin embargo, en este caso los habituales del género del escándalo fácil se verán decepcionados. La película intencionadamente suprime elementos provocativos de la novela como el origen de la científica Vittoria Vetra, o las zonas oscuras del Pontífice difunto. Además añade algunas frases de valoración de la Iglesia como las afirmaciones de Richter, el fiel comandante de la guardia suiza, que dirá a Langdon: "Mi iglesia alimenta al hambriento. Mi iglesia conforta el que sufre y en la muerte. ¿Qué hace su iglesia?". E incluso sitúa como posibilidad a un Dios providente cuando al final el viejo y sabio cardenal Strauss señala al historiador-detective como una ayuda de Dios. Sin embargo, tampoco hemos de olvidar que este mundo de las intrigas siempre coloca el poder por encima del servicio y de la fe. Las luchas, ambiciones y secretos ocultan tanto la profundidad de los símbolos y ritos como el sentido y la generosidad que los sostienen. 

Además el debate de fondo entre la religión y la ciencia no deja de ser un MacGuffin ya que los motivos del enfrentamiento entre los Illuminati y la Iglesia aparecen difuminados en la argumentación. El afán concordista, en dirección bastante simplificadora, evita a los espectadores la exigencia de despertar fugazmente alguna neurona y les deja sumergidos-sumidos en una acción que marcada por la velocidad del tiempo olvida recordar las motivaciones de los personajes que aparecen y desaparecen sin mucho sentido dejando cabos sueltos por doquier. La supresión en el guión del director general del CERN, profesor Kohler, y representante de la ciencia en la novela, expropia la poca profundidad que ya en el original se dedica al interesante debate entre ciencia y religión.

La antimateria, curiosamente llamada partícula de Dios, si bien es una construcción de la ficción, podría haber dado juego para reflexionar sobre el origen y el destino del ser humano. Así como para plantear las aportaciones de la ciencia, la experiencia religiosa y la revelación en este trascendental asunto. Sin embargo, parece que la fórmula de entretener excluye necesariamente el ejercicio de pensar. Basta con una buena traca final de fuegos artificiales para que el espectador se vuelva contento a casa, aunque con unos cuantos euros menos.

La controversia sobre la imposibilidad de filmar en los lugares del Vaticano forma parte de la ficción en que se mueve la película ya que no deja de ser un montaje publicitario para su difusión. Un poco de escándalo aumenta las ventas, aunque demasiado puede hacer peligrar no sólo la recepción de los espectadores sino la venta de los aparatos electrónicos que de paso la productora, de cuyo nombre no quiero acordarme, también nos pretende vender.

Y este asunto nos lleva a la pregunta con la que comenzábamos: ¿por qué se ven las malas películas? Lo cierto que es que la riqueza plural de las pantallas ofrece bastantes posibilidades, aunque también es verdad que algunas películas interesantes no llegan a estrenarse. Pero el público se lanza a lo que aparece en televisión rodeado de polémica o a lo que invade las vallas publicitarias. La pregunta sigue siendo si el espectador elige, asunto que no se puede sin más suponer, y si elige bien. Lo que causa pena no es tanto que se vea lo superficial y vacío sino que se olviden tantas buenas historias, tantos esfuerzos formales y tantas apuestas por intentar hacer pensar y mejorar al ser humano desde algo que se parezca al arte. Dimensión que en este caso damos definitivamente por desaparecida.